P. Santos.

jueves, 8 de marzo de 2007

El tratante


Desde muy pequeño tuve la facultad de hablar con "propiedad". Al menos eso decía Humbelina.
No levantaba una cuarta del suelo cuando daba conversación que satisfacía a las personas mayores.
No, no penséis que sería a las mujeres, que siempre han sido más "chiqueras", también a los hombres, a los que imitaba en los temas de sus conversaciones.
Quizás por eso me tuvieran un aprecio especial.
Que me enteraba de que Sabas, el carnicero, el padre de Asterio, estaba enfermo, allí estaba yo sin pérdida de tiempo para interesarme por su salud... ¡y apenas tenía cuatro años!
No faltaban mis visitas a Sabino, a Encarna o a Pepa, a los que contaba mis ocurrencias, les alegraba y les arrancaba más de una sonrisa.
Ellos muchas veces me daban noticias de quién había tenido una chota, un borriquillo o una camada de cerditos y yo acudía a las casas donde habían tenido lugar tan buenos sucesos.


Como niño, me encaprichaba de todos los animalillos y como veía que solían venderlos a tratantes de ganado o a otras personas del pueblo, decidí ahorrar las perrillas que me daban algunos mayores para "pirulís" y comprar la chota a Juanito "Parranca", el carnicero de la plaza de la iglesia.
Juanito "Parranca" era una persona peculiar para mí, pues no hablaba como el resto de las gentes que yo conocía.
No, no era extranjero, es que para hablar sacaba un tubo de goma que llevaba en un bolsillo y, metiendo un extremo en la boca y otro en un agujero que había en una placa metálica que llevaba en la garganta, emitía una voz gangosa y débil.
Yo acudía a visitarlo cuando estaba en la huerta y le daba conversación y le preguntaba mil cosas.
Él me contaba alguna que otra historia que trataba de maravillarme.
Aquella tarde después de contarme por qué tenía que hablar con la goma y explicarme que le habían quitado un "bicho muy grande" que tenía en la garganta y que trataba de ahogarlo, me dijo:
-Esta mañana ha parido la "Leandra", mi burra, y tengo un "buche" muy guapo. ¿Quieres verlo?


Me faltó tiempo para decirle que sí y marcharme con él al corral a conocer al retoño.
Me gustó tanto y lo vi tan bonito que pregunté:
-¿Qué vas a hacer con él?
-Pues venderlo cuando crezca un poco.
-Pues yo te lo compro (le dije). Tengo una peseta, así que si quieres cerramos el trato.
-Bueno, ya me lo pensaré, porque me parece poco -me dijo con sorna- Dentro de unos días hablaremos...
Yo regresé muy contento a casa de la Teódula y, de camino, pasé por la posada a contar a Sabino el trato que tenía medio hecho con Juanito "Parranca".
Sabino rió la ocurrencia con los clientes de la posada y, así, todo el pueblo se enteró de mi trato por lo que muchos mayores me llamaron, cariñosamente, el "tratante"
A los pocos días tío Jeremías me enseñó en la cuadra de su casa una chotilla negra que había tenido la "Morucha" y como sabía lo de mi trato con "Parranca", me dijo:


-Mira, Pablito, como ésta no va a haber otra en el pueblo en mucho tiempo. Yo no se si te gusta, pero si la quieres te la vendo.
Yo encantado le ofrecí mi peseta y quedamos en que cerraríamos el trato cuando la chota dejara de mamar.
Aquel verano, mi peseta se vio ofrecida en tantos tratos como animalillos iban naciendo en el pueblo y mi fama como tratante fue creciendo a medida que pasaban los días.

jueves, 1 de marzo de 2007

"No perder cuchara"


Entrando en Velayos por la carretera que viene de Ávila y va hacia Arévalo y pasado el puentecillo del transformador de la luz vivía "Salva", un grueso ejemplar dedicado a la compraventa de legumbres con dos o tres hijos y un par de hijas.
Recuerdo a su padre sentado a la puerta o desplazándose hasta la cija, donde criaba marranos, apoyado en un grueso bastón.
En el mismo lado de la calle y pasada la bocacalle que llevaba a la "casona" tenía su vivienda el tío Hedilberto Arribas, casado con tía Adela.
No presumían de la preciosa y amplísima cocina alicatada de vistosos azulejos talaveranos que era una preciosidad.
Tenían una hija, Carmen, que finalmente se casó con Paulino, el hijo de Teófilo "Caracas", uno de los pocos que tenían mote en Velayos, ya que no había necesidad de motes, por la tradicional costumbre de bautizar a los nacidos con el nombre más raro del santoral del día, evitando repeticiones.
No obstante, en Velayos, había "Caracas", "Corocos" y "Quiricos", para no privarse de nada.
El tío "Caracas" era pielero-pelliquero, compraba y curaba las pieles de los animales.
El tío "Coroco" tenía muchos hijos. Se dedicaba a la agricultura como "criado".
El tío "Quirico" era albañil.
A continuación de la casa del tío Hedilberto estaba la tienda de Maurilio, casado con Germana, hermana de Doroteo que era el encargado de atender la tienda.
Frente a la casa de Salvador estaban el potro de herrar, que era de piedra granítica, junto al pozo de la fragua, de forma rectangular y brocal de grandes piedras graníticas.
A continuación una pequeña edificación con tejado a dos aguas daba cobijo a la fragua de los hermanos Vivanco: Carlos y Lorenzo.
Carlos vivía junto a la fragua, mientras que Lorenzo vivía en la plaza, con Sofía, su mujer.
Tuvieron varios hijos, los llamados "jabatillos" uno de ellos se metió fraile, pero había otro que era de la piel del diablo.
Su padre practicaba la disciplina del hambre, que consistía en darles entera libertad para que anduvieran por donde quisiesen, pero a las horas de las comidas, se asomaba a la puerta y hacía sonar un silbato un par de veces.
Los chicos acudían "volando", porque el que no llegaba inmediatamente perdía "cuchara"
-¿Qué era eso de perder cuchara?
Muy sencillo.
Por aquella época no había agua en las casas del pueblo, ya que sólo tenían pozo algunas, fundamentalmente las de los labradores que tenían animales de labranza.
Debido a esto existía la ancestral costumbre de comer todos del mismo plato para no tener que fregar muchos cacharros.
Y como estábamos en los "años del hambre", en ciertas familias numerosas comían todos con la misma cuchara, que se pasaban por turno hasta que se acababan las viandas.
Por eso "volaban los jabatos", para "no perder cuchara".
Frente a la casa de tío Hedilberto vivía Boni, casada con Elías.
Boni tenía un hijo, larguirucho: "Cheno" (Eugenio) y una hija algo más agraciada: Crucita (María Cruz).
La siguiente casa habitada pertenecía a Helio, que además de ser labrador, traficaba con cereales.
Tenía dos plantas: la baja dedicada a almacén y la alta que era la vivienda propiamente dicha.
Tenía un hijo que acabó en el manicomio y una hija algo más pequeña de la que no recuerdo el nombre.
En la casa de la esquina vivía Emilio Muñoz, con varias hijas.
Una de ellas se metió monja y otra se casó con Teófilo, el confitero hermano de Marcelina.
Atravesada la calle, en la esquina de la plaza estaba el comercio de Bernabé Muñoz, hermano de Emilio.
Las familias Muñoz estaban enemistadas de por vida con los allegados de mi tío Baltasar, a la sazón alcalde y médico de la villa.
Parece ser que mi tío había ganado la titularidad de médico del pueblo y los Muñoz llevaron otro médico pariente suyo en la época de la República que permaneció en el pueblo hasta que empezó la guerra y después se marchó quedando de residuo esta perpetua enemistad.
En el frontal de la plaza se alza el Ayuntamiento a cuyo lado se encuentra una casa porticada, dedicada a almacén de mi tío Juanito Hidalgo, que se dedicaba al negocio de los garbanzos, que clasificaba con maquinaria elemental instalada en la planta baja de su vivienda, no de esta casa.
Tenia una sucursal de su negocio en Ronda (Málaga) donde residían los hijos de su primer matrimonio, que eran los que llevaban allí el negocio.
La posada de Eugenio, el casino de "Clodo", la casa de teléfonos, antigua tienda de Ciriaco, regida por la señora Eugenia, la casa de Ildefonso "Capé" y la de tía Juana, su suegra, madre de "Mace", su mujer, y de Elisa ocupaban ese lateral de la plaza.
En el lado que nos queda por describir estaba la fábrica de jabón, en el rincón, era propiedad de la familia del que fue posteriormente presidente del Comité Olímpico Español: Anselmo López, seguida de la casa donde se asentaba el "Comedor de Auxilio Social", de doble planta, y otra casa de planta baja donde vivía el "tío Caminero" (no era mote, su mote era "Batallón") casado con la "tía Batallona" que no tenían hijos, parece que era un meteorólogo nato, porque las gentes del pueblo decían: "Va a llover porque el "Batallón" lleva el paraguas en la burra"

Plaza de la Victoria

Plaza de la Victoria.
Así se llamaba la plaza de Velayos.
Estaba empedrada con gorrones de río desiguales y tenía una farola de cuatro brazos en el centro, erguida sobre una peana en forma de tres escalones curvados, que, según decía él, había sido hecha por Carlos Vivanco, herrero del pueblo, gran amante del alcohol. Dicen que se emborrachaba con solo olerlo. Y debía ser verdad.

Al caer la tarde, salía de la fragua. Desde la plaza le veíamos venir calle arriba, tratando de ir derecho a pesar de los guijarros, mientras cantaba:
-
"Ante ese coche de funeral,
Yyyoo no me quito el sombrero,
ante ese coche de funeral... "
Iniciaba su cántico frente a la tienda de Doroteo y lo culminaba al llegar a la farola. ¡Su bien amada farola!
Una vez allí, se subía a lo más alto de la peana, se abrazaba a ella, y, alargando sus brazos para separar su tronco de ella, decía:
-
"¿Con quién hablo, contigo o con la estufa?"
Para seguir piropeándola, siempre con las mismas palabras:
-"¡Mírala! ¡La más guapa, la más esbelta! ¡Olé las manos que te hicieron! Y ¡qué guapa que te dejarón!"
La miraba y remiraba y agregaba:
-"Y a tí ¿quién te hizo? ¡Carlos Vivanco, el más señorito del pueblo!... ¡El más borracho del pueblo!
Después se bajaba de la farola y dando tumbos se dirigía al casino para completar su borrachera...
Aunque los chiquillos ya conocíamos su actuación de memoria, no nos la queríamos perder. Eso sí, éramos respetuosos con él, porque él siempre fue respetuoso con nosotros.

martes, 16 de enero de 2007

La familia de Teódula


A la madre de "Teola" (tía Valeriana), no logro recordarla. Sin embargo sé que la primera vez que fui a Velayos vivía con su marido, el tío Pepe, que era zapatero, y sus hijos,Alejandro y Marino en la casa que posteriormente se alquiló a "Zaca" (no es mote, se llamaba Zacarías) y finalmente se le vendió, cuando de toda la familia no quedaba más que "Teola".
Teódula, con Humbelina, vivía en la casa de la Plaza, para cuidar la casa de mi madre. Allí criaba gallinas y un cerdo ibérico, para la matanza anual.
Después recuerdo a toda la familia, excepto la madre y Alejandro, que ya habían muerto, en la casa de la Plaza. Debieron morir en un corto espacio de tiempo, entre fin de un verano y principio de otro.
El tío Pepe tenía puesto el taller de zapatería en el portal de la casa. Se sentaba en una banqueta baja junto a una mesa con las patas cortadas, que tenía un cajón. Sobre ella había un par de latas redondas donde se guardaban los clavillos y los herretes, un par de rollos de bramante, unas cajas con betunes y sebo junto a un martillo de orejas de conejo y base redonda y una lata de pegamento con un pincel.
A su lado y clavado sobre un pequeño tronco de madera,el tirapié.
Marino le ayudaba en el taller "haciendo cabo" con el bramante que frotaba y giraba sobre un mandil de cuero con sus manos pringadas de sebo.
Al pobre Marino nunca le vi en pié, se movía sentado sobre su silla baja, con asiento de cuero, que arrastraba a saltitos para desplazarse por la casa. Era mayor que Teódula y, lo mismo que Humbelina, padecía una distrofia muscular progresiva que empezaba a manifestarse en la adolescencia con pérdida de fuerza muscular y que pronto les impedía caminar, mantenerse en pié e incluso llevarse la cuchara a la boca. Humbelina si que caminaba ayudada de un grueso palo de nudos que empleaba para ayudarse a mantener el equilibrio. Había que ponerla en pié, sentarla, levantarla y acostarla, pero se pudo desplazar por la casa hasta que se cayó un día y se rompió una pierna. Desde entonces estuvo en silla de ruedas.
No fueron los únicos casos de distrofia en Velayos en esa época, pues hubo otros tres que yo conocí: una prima suya que se llamaba Encarna, de la tía "Panta" (Pantaleona era su nombre), Sabino, el de la posada, y Pepa, la hija de tío Jeremías y de tía Juana. Sabino y Pepa no tenían parentesco directo con ellos, aunque en los pueblos pequeños son todos algo parientes.
Pepa, Encarna y Sabino estaban como Humbelina al principio: podían desplazarse por la casa siempre que no hubiese desniveles ni escalones. Cosa curiosa es que estos dos últimos atendían sus tabernas tras el mostrador.
Pepa se movía más torpemente que Humbelina y murió de pena llorando el fusilamiento de su hermano Eusignio. De aquella familia ya no queda nadie en Velayos, pues su hermano Auxilio ("Xilito") ganó unas oposiciones al S.N.T. (Servicio Nacional del Trigo) y, después de casarse con la sobrina mayor de Sabino, Práxedes, la hija de Eugenio, salió del pueblo obligado por su profesión.

lunes, 15 de enero de 2007

Velayos


Después de recuperarme de la difteria aconsejó mi tío que me mandasen unos días a Velayos, con Teódula para que me recuperase.
Cosa curi
osa, mi tío jamás me acogió en su casa. Me llevaba en su coche de Ávila a Velayos y al llegar allí me dejaba con Teódula, pero nunca me alojó en su casa. Ni a mis hermanos tampoco.
No quiero analizar las causas.
Eso sí, n
os invitaba a comer los días en que celebraban cumpleaños en su familia.
Recuerdo que ese año, el cinco de agosto, cumpleaños de Mari-Nieves me invitó a comer y como había de postre natillas y yo tenía un hermanito de pocos meses (Félix) a quien veía quitar las cacas, se le ocurrió decir:
-"Ahora, de postre, ¡caquitas de Felixín!". Y se quedó tan a gusto.
Yo, al principio no las quería comer, pero como veía que todos comían las natillas, también las comí.

La difteria


Tenía alrededor de tres años cuando un día empezó a dolerme la garganta. Como no tenía mucha fiebre el médico mandó que me dieran unos toques con agua oxigenada. Esto consistía en hacer un hisopo de algodón enrollado en un palillo, que mojaban con el agua oxigenada y después, de abrirte la boca, pasartelo por la cara visible de las amigdalas, lo que producía las consiguientes arcadas e incluso vómitos. esto me lo hicieron varias veces aquel día, a pesar de que yo dejaba mi boca totalmente encajada por la repugnancia que me producía. Aquella tarde empeoré y no podía respirar y me iba poniendo morado. Hicieron venir al médico con urgencia y después de examinarme la garganta dio su diagnóstico: "Es difteria" Cada vez estaba peor, cada vez tenía más dificultades para respirar. Tenía todos los ganglios inflamados y se empezó a temer lo peor. El médico aconsejó llamar a mi tío Baltasar, a la sazón médico de Velayos, para celebrar consulta con él. Tardó mi tío una hora en venir, y después de los saludos entre colegas, pasó a examinarme y corroboró el diagnóstico: "difteria". Mis vías respiratorias estaban obstruidas casi por completo y después de un rato de observaciones el médico dijo que era imposible salvarme y que de aquella noche no pasaba... Mi tío coincidía con él y dijo que la única posible solución era quitarme esa tela morada que me rodeaba las amígdalas inflamadas y que me obstruía el paso del aire. El otro decía que se iba a acelerar el proceso, pero mi tío decidió cauterizarme las amígdalas inmediatamente y a lo vivo, es decir, sin anestesia, porque urgía. Calentó un instrumento metálico que traía en su maletín en alcohol ardiendo, hasta que se puso al rojo vivo. Lo metió en mi boca, que previamente había abierto con abre-bocas que me forzaba y quemando la tela que se había formado sobre mis amígdalas, me salvó la vida. El aire pasaba de nuevo con más facilidad hacia mis pulmones... El proceso de recuperación fue largo y complicado, pero... ¡Aquí estoy!.

domingo, 14 de enero de 2007

Bombardeos


Había empezado la guerra.
Franco se había levantado en armas contra el gobierno de la República.
Ávila estaba en la España Nacional, es decir, con Franco, por eso de vez en cuando aparecía algún avión caza-bombardero en el cielo de Ávila y sonaban las sirenas como aviso a las gentes para que se refugiaran de los posibles bombardeos.
Mi padre nos tenía avisados para que cuando sonase la sirena nos metieramos en el rincón de la carbonera por creerlo el lugar seguro más cercano.
La carbonera tenía un tramo de escaleras sin barandal que había que bajar.
Las prisas y el miedo me hicieron bajar de cabeza en una ocasión. Y el daño mayor de ese bombardeo fue un tremendo chichón en mi cabeza.
Cuando sonaba la sirena, solía salir al centro de la plazuela el Sr. Lorenzo, el guardia, con su fusil y desde allí se ponía a disparar tiros a los aviones. Todos admirábamos su valor.
No se de ninguna bomba que cayera en Ávila.

La gata negra



Teníamos una gata negra que se pasaba el día maullando y que aprovechaba los descuidos de mi abuela en la cocina para arrebatarle cuando podía la carne del cocido. Por eso mi abuela no la quería en casa, pero en la puerta de entrada había una "gatera" para que entraran los gatos y diesen buena cuenta de los ratones, y mi abuela no escarmentaba.
También la modista tenía gatera en la puerta y abajo en el sótano, en la carbonera, también había gatera.
Un buen día cuando la abuela bajó a por carbón a la carbonera, se encontró con el
espectáculo de cinco gatitos negros recién nacidos y lo comentó en casa con mi madre. A los niños nos faltó tiempo para bajar a la carbonera a ver los gatitos.
La gata salió zumbando como hacía cuando veía que nos acercábamos a ella, temiendo alguna trastada.
La trastada fue que cogimos los
gatitos y estuvimos manoseándolos y jugando con ellos hasta que nos llamaron a comer.
Después de la obligada siesta bajamos, en cuanto pudimos, a ver de nuevo a los
gatitos y jugar con ellos. Pero no pudimos hacerlo: la gata devoraba al último de sus hijos. Pienso que fue en venganza hacia nosotros que habíamos dejado nuestro olor en sus hijos y por el hambre que arrastraba el animal.

La manifestación.


Aquella tarde nos llevaban de paseo hacia los jardines de San Roque mi abuela y mi madre.
Hacía un sol espléndido y jugaríamos a nuestras anchas. Cuando, he te me aquí que de buenas a primeras, al pasar por el "Mercao grande" vemos un grupo de personas con banderas y pancartas, dando gritos y golpeando tapaderas de cazuelas.
Una mujer gritaba: "¡Viva la República!"
A mí me impresionó la manifestación y se lo contaba , a mi manera, a mis amistades: Rosa, la modista, tía Lucrecia, la señora "Sole"...
-... una mujer decía: "¡Viva la reputa"!
Eso era lo que yo había entendido y que tanta gracia hacía a todos.


¡Perdido!


Debería tener 3 años, más o menos.
Llegó la Semana Santa y con ella las manifestaciones religiosas: LAS PROCESIONES.
Entrada la tarde del día en que mi abuela María-Cruz había hecho esas torrijas tan ricas (con el pan empapado en leche y rebozado en huevo, fritas y con sabor a canela, al menos así las recuerdo yo), mi abuela y mi madre me llevaron con mis hermanos a ver la procesión. Había mucha gente.
-"No te sueltes de la mano, no te vayas a perder" me decía mi abuela.
Mi hermano Félix, de pocos meses, iba en el cochecito, muy tapadito y con la capota echada para que no se enfriara. Nicolás iba cogido de la otra mano de la abuela y Juan se agarraba a la mano de Nicolás.
Me impresionó en principio el redoble de tambores. Luego esos encapuchados en fila, con velones, que parecía que no acabarían nunca de pasar. Cuando acababan de pasar los que tenían la capa blanca, empezaban a pasar otros con capa morada, o negra. Algunos llevaban cadenas en los pies, otros iban descalzos y otros arrastraban grandes cruces...
Me daba tanto miedo que solté mi mano de la de mi abuela para taparme los ojos...
Cuando quise darme cuenta, ni mi madre, ni mi abuela, ni mis hermanos estaban allí... Los busqué entre el gentío, pero me dio miedo gritar mi angustia y ... lloré.
Una señora se encargó de preguntarme donde vivía y quién era mi papá. Como dije que era policía me llevó a la comisaría donde se encargaron de llevarme a casa.
El disgusto que tenían mi madre y mi abuela era monumental, pues me habían estado buscando y no me encontraban, por lo que decidieron ir a casa para ver si se me había ocurrido ir allí, a pesar de que suponían que solo no sabría ir.
Cuando las vi, me abracé a mi madre que me cogió en sus brazos y me llenó de besos y de reproches.
Ha sido la única vez que me he perdido a lo largo de mi vida.

viernes, 12 de enero de 2007

La plazuela


Así llamaban todos a la plaza de Santa Catalina. Creo que porque era pequeña y sigue siéndolo actualmente, aunque con otro nombre que desconozco.(¿Plaza del Dr. Benigno Lorenzo?)
Era entonces una plazuela con forma cuadrada, inclinada hacia la tapia del Seminario Diocesano, empedrada y con un árbol grande en el centro.
Por delante de nuestra casa d
iscurría una acera, en cuesta, hacia la tapia de ladrillo del seminario, por la que nos deslizábamos mis hermanos y yo con el "coche cacharro" (un coche de hojalata y madera, pintado de verde oscuro que habíamos heredado de nuestro primo Aurelio).
En la parte superior de la plazuela había dos puertas: en la primera de ellas (un portalón con zaguán grande) vivía en la planta baja la señora "Sole". Su marido era guardia civil y se llamaba Lorenzo. E
n la segunda, había un desnivel sobre la calle, que se inclinaba a bajar hacia ese lado, por eso esa puerta tenía un barandal (en redondo) que semejaba un púlpito. Allí vivía Don Ferreol ¿Hernández?), canónigo de la catedral. Entrando en la calle, no muy lejos, y enfrente vivía mi tío Fabriciano, primo carnal de mi madre que tenía tres hijos, ya mozos: "Fabri", Lucrecia (como su madre) y Amparín que ya tonteaba con un muchacho. El tío Fabriciano director de un banco. En la puerta más próxima a la plazuela y en una planta baja, estaba la escuela de Don Rufino (¿Martín?) y Don Emiliano (¿Bernabé?), cuyas ventanas daban a la plazuela.
Yo era muy charlatán y me hacía amigo de todos los vecinos y a todos iba a visitar. Ellos me trataban bien y de vez en cuando me daban una galleta o un caramelo a cambio de mi conversación.
La plazuela era entonces el centro de mi vida social donde se desarrollaban mis juegos y mi vida de relación con los demás.
Cosa curiosa, no recuerdo el nombre de ningún niño de los que jugaban conmigo en aquella época ¿solo jugaría con los amigos de mis hermanos?.
Eso sí: recuerdo las pedreas de castañas que hacíamos con los seminaristas, las incursiones que hacíamos hasta un coche viejo y abandonado que estaba junto al garaje de Gregorio y los "manteos" de Don Ferreol, con los que se envolvía aiorosamente. Los niños íbamos a besarle la mano.

jueves, 11 de enero de 2007

El bautizo




Siguieron el frío y la nieve.

Al cabo de un mes habían acordado mis padres, con mi tío Nicolás, a la sazón Párroco de San Juan, la iglesia donde siglos atrás se había bautizado Santa Teresa de Jesús, mi bautizo en la misma pila donde había sido bautizada la Santa.

Sería mi madrina la hermana de mi padre, mi tía Albina, que era el ama encargada de cuidar a mi tío el cura.

Llegado el día se encontró que la pila bautismal tenía la superficie del agua hecha hielo, por lo que hubo que calentar agua para descongelarla.

Creo que lloré bastante, según me contaba mi abuela.

Solo tuve madrina.

Terminado el bautizo todos los asistentes (mis hermanos Juan y Nicolás, mis padres, mi abuela, Rosa la vecina, mi madrina y mis tíos Nicolás y Baltasar) se trasladaron a la casa de mis padres (Plaza de Santa Catalina, nº 2, principal) donde degustaron al calor de la estufa del comedor (rodeada de una valla de madera para que no se quemasen los niños) un delicioso chocolate con picatostes (preparados por mi madre y mi abuela, la única abuela que conocí, ya que los padres de mi padre murieron en Fontiveros cuando mi padre tenía solo dos años, encargándose su tío, hermano de mi abuela paterna Anastasia, el cura, de su crianza y educación.

Plaza de Santa Catalina, nº 2.



16 de noviembre de 1934. Ávila.
Cae la nieve desde ayer, sin parar, abundante.
Ya hay casi un metro de espesor.
Es la madrugada.
Las contracciones son cada vez más frecuentes.
Imposible ir a buscar a Don Teodoro, el médico. No se puede andar por la calle.
Hay que preparar agua caliente y toallas porque el parto llega.
La abuela María-Cruz y Rosa, la modista, la vecina del piso bajo se afanan en prepararlo todo. Ya ha roto aguas, el parto es inminente.
A las seis de la mañana la abuela me ha recogido en sus brazos. Se oyen mis primeros bagidos. He llegado a este mundo.
Mi padre, que había ido a buscar a D. Teodoro, vuelve con él cuando hacía tiempo que todo había acabado. Me reconoció con detenimiento y reconoció también a mi madre. A pesar de la nieve y del frío, todo había ido muy bien. Tomó un café antes de que mi padre le acompañara de nuevo a su casa.

Había llegado al mundo en un día inhóspito y generando muchos problemas.

Eligieron mi nombre en el santoral del día: Pablo