P. Santos.

jueves, 11 de enero de 2007

Plaza de Santa Catalina, nº 2.



16 de noviembre de 1934. Ávila.
Cae la nieve desde ayer, sin parar, abundante.
Ya hay casi un metro de espesor.
Es la madrugada.
Las contracciones son cada vez más frecuentes.
Imposible ir a buscar a Don Teodoro, el médico. No se puede andar por la calle.
Hay que preparar agua caliente y toallas porque el parto llega.
La abuela María-Cruz y Rosa, la modista, la vecina del piso bajo se afanan en prepararlo todo. Ya ha roto aguas, el parto es inminente.
A las seis de la mañana la abuela me ha recogido en sus brazos. Se oyen mis primeros bagidos. He llegado a este mundo.
Mi padre, que había ido a buscar a D. Teodoro, vuelve con él cuando hacía tiempo que todo había acabado. Me reconoció con detenimiento y reconoció también a mi madre. A pesar de la nieve y del frío, todo había ido muy bien. Tomó un café antes de que mi padre le acompañara de nuevo a su casa.

Había llegado al mundo en un día inhóspito y generando muchos problemas.

Eligieron mi nombre en el santoral del día: Pablo

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