P. Santos.

domingo, 14 de enero de 2007

¡Perdido!


Debería tener 3 años, más o menos.
Llegó la Semana Santa y con ella las manifestaciones religiosas: LAS PROCESIONES.
Entrada la tarde del día en que mi abuela María-Cruz había hecho esas torrijas tan ricas (con el pan empapado en leche y rebozado en huevo, fritas y con sabor a canela, al menos así las recuerdo yo), mi abuela y mi madre me llevaron con mis hermanos a ver la procesión. Había mucha gente.
-"No te sueltes de la mano, no te vayas a perder" me decía mi abuela.
Mi hermano Félix, de pocos meses, iba en el cochecito, muy tapadito y con la capota echada para que no se enfriara. Nicolás iba cogido de la otra mano de la abuela y Juan se agarraba a la mano de Nicolás.
Me impresionó en principio el redoble de tambores. Luego esos encapuchados en fila, con velones, que parecía que no acabarían nunca de pasar. Cuando acababan de pasar los que tenían la capa blanca, empezaban a pasar otros con capa morada, o negra. Algunos llevaban cadenas en los pies, otros iban descalzos y otros arrastraban grandes cruces...
Me daba tanto miedo que solté mi mano de la de mi abuela para taparme los ojos...
Cuando quise darme cuenta, ni mi madre, ni mi abuela, ni mis hermanos estaban allí... Los busqué entre el gentío, pero me dio miedo gritar mi angustia y ... lloré.
Una señora se encargó de preguntarme donde vivía y quién era mi papá. Como dije que era policía me llevó a la comisaría donde se encargaron de llevarme a casa.
El disgusto que tenían mi madre y mi abuela era monumental, pues me habían estado buscando y no me encontraban, por lo que decidieron ir a casa para ver si se me había ocurrido ir allí, a pesar de que suponían que solo no sabría ir.
Cuando las vi, me abracé a mi madre que me cogió en sus brazos y me llenó de besos y de reproches.
Ha sido la única vez que me he perdido a lo largo de mi vida.

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