Así llamaban todos a la plaza de Santa Catalina. Creo que porque era pequeña y sigue siéndolo actualmente, aunque con otro nombre que desconozco.(¿Plaza del Dr. Benigno Lorenzo?)
Era entonces una plazuela con forma cuadrada, inclinada hacia la tapia del Seminario Diocesano, empedrada y con un árbol grande en el centro.
Por delante de nuestra casa discurría una acera, en cuesta, hacia la tapia de ladrillo del seminario, por la que nos deslizábamos mis hermanos y yo con el "coche cacharro" (un coche de hojalata y madera, pintado de verde oscuro que habíamos heredado de nuestro primo Aurelio).
En la parte superior de la plazuela había dos puertas: en la primera de ellas (un portalón con zaguán grande) vivía en la planta baja la señora "Sole". Su marido era guardia civil y se llamaba Lorenzo. En la segunda, había un desnivel sobre la calle, que se inclinaba a bajar hacia ese lado, por eso esa puerta tenía un barandal (en redondo) que semejaba un púlpito. Allí vivía Don Ferreol ¿Hernández?), canónigo de la catedral. Entrando en la calle, no muy lejos, y enfrente vivía mi tío Fabriciano, primo carnal de mi madre que tenía tres hijos, ya mozos: "Fabri", Lucrecia (como su madre) y Amparín que ya tonteaba con un muchacho. El tío Fabriciano director de un banco. En la puerta más próxima a la p
lazuela y en una planta baja, estaba la escuela de Don Rufino (¿Martín?) y Don Emiliano (¿Bernabé?), cuyas ventanas daban a la plazuela.
Yo era muy charlatán y me hacía amigo de todos los vecinos y a todos iba a visitar. Ellos me trataban bien y de vez en cuando me daban una galleta o un caramelo a cambio de mi conversación.
La plazuela era entonces el centro de mi vida social donde se desarrollaban mis juegos y mi vida de relación con los demás.
Cosa curiosa, no recuerdo el nombre de ningún niño de los que jugaban conmigo en aquella época ¿solo jugaría con los amigos de mis hermanos?.
Eso sí: recuerdo las pedreas de castañas que hacíamos con los seminaristas, las incursiones que hacíamos hasta un coche viejo y abandonado que estaba junto al garaje de Gregorio y los "manteos" de Don Ferreol, con los que se envolvía aiorosamente. Los niños íbamos a besarle la mano.
Era entonces una plazuela con forma cuadrada, inclinada hacia la tapia del Seminario Diocesano, empedrada y con un árbol grande en el centro.
Por delante de nuestra casa discurría una acera, en cuesta, hacia la tapia de ladrillo del seminario, por la que nos deslizábamos mis hermanos y yo con el "coche cacharro" (un coche de hojalata y madera, pintado de verde oscuro que habíamos heredado de nuestro primo Aurelio).
En la parte superior de la plazuela había dos puertas: en la primera de ellas (un portalón con zaguán grande) vivía en la planta baja la señora "Sole". Su marido era guardia civil y se llamaba Lorenzo. En la segunda, había un desnivel sobre la calle, que se inclinaba a bajar hacia ese lado, por eso esa puerta tenía un barandal (en redondo) que semejaba un púlpito. Allí vivía Don Ferreol ¿Hernández?), canónigo de la catedral. Entrando en la calle, no muy lejos, y enfrente vivía mi tío Fabriciano, primo carnal de mi madre que tenía tres hijos, ya mozos: "Fabri", Lucrecia (como su madre) y Amparín que ya tonteaba con un muchacho. El tío Fabriciano director de un banco. En la puerta más próxima a la p
lazuela y en una planta baja, estaba la escuela de Don Rufino (¿Martín?) y Don Emiliano (¿Bernabé?), cuyas ventanas daban a la plazuela.Yo era muy charlatán y me hacía amigo de todos los vecinos y a todos iba a visitar. Ellos me trataban bien y de vez en cuando me daban una galleta o un caramelo a cambio de mi conversación.
La plazuela era entonces el centro de mi vida social donde se desarrollaban mis juegos y mi vida de relación con los demás.
Cosa curiosa, no recuerdo el nombre de ningún niño de los que jugaban conmigo en aquella época ¿solo jugaría con los amigos de mis hermanos?.
Eso sí: recuerdo las pedreas de castañas que hacíamos con los seminaristas, las incursiones que hacíamos hasta un coche viejo y abandonado que estaba junto al garaje de Gregorio y los "manteos" de Don Ferreol, con los que se envolvía aiorosamente. Los niños íbamos a besarle la mano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario