P. Santos.

martes, 16 de enero de 2007

La familia de Teódula


A la madre de "Teola" (tía Valeriana), no logro recordarla. Sin embargo sé que la primera vez que fui a Velayos vivía con su marido, el tío Pepe, que era zapatero, y sus hijos,Alejandro y Marino en la casa que posteriormente se alquiló a "Zaca" (no es mote, se llamaba Zacarías) y finalmente se le vendió, cuando de toda la familia no quedaba más que "Teola".
Teódula, con Humbelina, vivía en la casa de la Plaza, para cuidar la casa de mi madre. Allí criaba gallinas y un cerdo ibérico, para la matanza anual.
Después recuerdo a toda la familia, excepto la madre y Alejandro, que ya habían muerto, en la casa de la Plaza. Debieron morir en un corto espacio de tiempo, entre fin de un verano y principio de otro.
El tío Pepe tenía puesto el taller de zapatería en el portal de la casa. Se sentaba en una banqueta baja junto a una mesa con las patas cortadas, que tenía un cajón. Sobre ella había un par de latas redondas donde se guardaban los clavillos y los herretes, un par de rollos de bramante, unas cajas con betunes y sebo junto a un martillo de orejas de conejo y base redonda y una lata de pegamento con un pincel.
A su lado y clavado sobre un pequeño tronco de madera,el tirapié.
Marino le ayudaba en el taller "haciendo cabo" con el bramante que frotaba y giraba sobre un mandil de cuero con sus manos pringadas de sebo.
Al pobre Marino nunca le vi en pié, se movía sentado sobre su silla baja, con asiento de cuero, que arrastraba a saltitos para desplazarse por la casa. Era mayor que Teódula y, lo mismo que Humbelina, padecía una distrofia muscular progresiva que empezaba a manifestarse en la adolescencia con pérdida de fuerza muscular y que pronto les impedía caminar, mantenerse en pié e incluso llevarse la cuchara a la boca. Humbelina si que caminaba ayudada de un grueso palo de nudos que empleaba para ayudarse a mantener el equilibrio. Había que ponerla en pié, sentarla, levantarla y acostarla, pero se pudo desplazar por la casa hasta que se cayó un día y se rompió una pierna. Desde entonces estuvo en silla de ruedas.
No fueron los únicos casos de distrofia en Velayos en esa época, pues hubo otros tres que yo conocí: una prima suya que se llamaba Encarna, de la tía "Panta" (Pantaleona era su nombre), Sabino, el de la posada, y Pepa, la hija de tío Jeremías y de tía Juana. Sabino y Pepa no tenían parentesco directo con ellos, aunque en los pueblos pequeños son todos algo parientes.
Pepa, Encarna y Sabino estaban como Humbelina al principio: podían desplazarse por la casa siempre que no hubiese desniveles ni escalones. Cosa curiosa es que estos dos últimos atendían sus tabernas tras el mostrador.
Pepa se movía más torpemente que Humbelina y murió de pena llorando el fusilamiento de su hermano Eusignio. De aquella familia ya no queda nadie en Velayos, pues su hermano Auxilio ("Xilito") ganó unas oposiciones al S.N.T. (Servicio Nacional del Trigo) y, después de casarse con la sobrina mayor de Sabino, Práxedes, la hija de Eugenio, salió del pueblo obligado por su profesión.

lunes, 15 de enero de 2007

Velayos


Después de recuperarme de la difteria aconsejó mi tío que me mandasen unos días a Velayos, con Teódula para que me recuperase.
Cosa curi
osa, mi tío jamás me acogió en su casa. Me llevaba en su coche de Ávila a Velayos y al llegar allí me dejaba con Teódula, pero nunca me alojó en su casa. Ni a mis hermanos tampoco.
No quiero analizar las causas.
Eso sí, n
os invitaba a comer los días en que celebraban cumpleaños en su familia.
Recuerdo que ese año, el cinco de agosto, cumpleaños de Mari-Nieves me invitó a comer y como había de postre natillas y yo tenía un hermanito de pocos meses (Félix) a quien veía quitar las cacas, se le ocurrió decir:
-"Ahora, de postre, ¡caquitas de Felixín!". Y se quedó tan a gusto.
Yo, al principio no las quería comer, pero como veía que todos comían las natillas, también las comí.

La difteria


Tenía alrededor de tres años cuando un día empezó a dolerme la garganta. Como no tenía mucha fiebre el médico mandó que me dieran unos toques con agua oxigenada. Esto consistía en hacer un hisopo de algodón enrollado en un palillo, que mojaban con el agua oxigenada y después, de abrirte la boca, pasartelo por la cara visible de las amigdalas, lo que producía las consiguientes arcadas e incluso vómitos. esto me lo hicieron varias veces aquel día, a pesar de que yo dejaba mi boca totalmente encajada por la repugnancia que me producía. Aquella tarde empeoré y no podía respirar y me iba poniendo morado. Hicieron venir al médico con urgencia y después de examinarme la garganta dio su diagnóstico: "Es difteria" Cada vez estaba peor, cada vez tenía más dificultades para respirar. Tenía todos los ganglios inflamados y se empezó a temer lo peor. El médico aconsejó llamar a mi tío Baltasar, a la sazón médico de Velayos, para celebrar consulta con él. Tardó mi tío una hora en venir, y después de los saludos entre colegas, pasó a examinarme y corroboró el diagnóstico: "difteria". Mis vías respiratorias estaban obstruidas casi por completo y después de un rato de observaciones el médico dijo que era imposible salvarme y que de aquella noche no pasaba... Mi tío coincidía con él y dijo que la única posible solución era quitarme esa tela morada que me rodeaba las amígdalas inflamadas y que me obstruía el paso del aire. El otro decía que se iba a acelerar el proceso, pero mi tío decidió cauterizarme las amígdalas inmediatamente y a lo vivo, es decir, sin anestesia, porque urgía. Calentó un instrumento metálico que traía en su maletín en alcohol ardiendo, hasta que se puso al rojo vivo. Lo metió en mi boca, que previamente había abierto con abre-bocas que me forzaba y quemando la tela que se había formado sobre mis amígdalas, me salvó la vida. El aire pasaba de nuevo con más facilidad hacia mis pulmones... El proceso de recuperación fue largo y complicado, pero... ¡Aquí estoy!.

domingo, 14 de enero de 2007

Bombardeos


Había empezado la guerra.
Franco se había levantado en armas contra el gobierno de la República.
Ávila estaba en la España Nacional, es decir, con Franco, por eso de vez en cuando aparecía algún avión caza-bombardero en el cielo de Ávila y sonaban las sirenas como aviso a las gentes para que se refugiaran de los posibles bombardeos.
Mi padre nos tenía avisados para que cuando sonase la sirena nos metieramos en el rincón de la carbonera por creerlo el lugar seguro más cercano.
La carbonera tenía un tramo de escaleras sin barandal que había que bajar.
Las prisas y el miedo me hicieron bajar de cabeza en una ocasión. Y el daño mayor de ese bombardeo fue un tremendo chichón en mi cabeza.
Cuando sonaba la sirena, solía salir al centro de la plazuela el Sr. Lorenzo, el guardia, con su fusil y desde allí se ponía a disparar tiros a los aviones. Todos admirábamos su valor.
No se de ninguna bomba que cayera en Ávila.

La gata negra



Teníamos una gata negra que se pasaba el día maullando y que aprovechaba los descuidos de mi abuela en la cocina para arrebatarle cuando podía la carne del cocido. Por eso mi abuela no la quería en casa, pero en la puerta de entrada había una "gatera" para que entraran los gatos y diesen buena cuenta de los ratones, y mi abuela no escarmentaba.
También la modista tenía gatera en la puerta y abajo en el sótano, en la carbonera, también había gatera.
Un buen día cuando la abuela bajó a por carbón a la carbonera, se encontró con el
espectáculo de cinco gatitos negros recién nacidos y lo comentó en casa con mi madre. A los niños nos faltó tiempo para bajar a la carbonera a ver los gatitos.
La gata salió zumbando como hacía cuando veía que nos acercábamos a ella, temiendo alguna trastada.
La trastada fue que cogimos los
gatitos y estuvimos manoseándolos y jugando con ellos hasta que nos llamaron a comer.
Después de la obligada siesta bajamos, en cuanto pudimos, a ver de nuevo a los
gatitos y jugar con ellos. Pero no pudimos hacerlo: la gata devoraba al último de sus hijos. Pienso que fue en venganza hacia nosotros que habíamos dejado nuestro olor en sus hijos y por el hambre que arrastraba el animal.

La manifestación.


Aquella tarde nos llevaban de paseo hacia los jardines de San Roque mi abuela y mi madre.
Hacía un sol espléndido y jugaríamos a nuestras anchas. Cuando, he te me aquí que de buenas a primeras, al pasar por el "Mercao grande" vemos un grupo de personas con banderas y pancartas, dando gritos y golpeando tapaderas de cazuelas.
Una mujer gritaba: "¡Viva la República!"
A mí me impresionó la manifestación y se lo contaba , a mi manera, a mis amistades: Rosa, la modista, tía Lucrecia, la señora "Sole"...
-... una mujer decía: "¡Viva la reputa"!
Eso era lo que yo había entendido y que tanta gracia hacía a todos.


¡Perdido!


Debería tener 3 años, más o menos.
Llegó la Semana Santa y con ella las manifestaciones religiosas: LAS PROCESIONES.
Entrada la tarde del día en que mi abuela María-Cruz había hecho esas torrijas tan ricas (con el pan empapado en leche y rebozado en huevo, fritas y con sabor a canela, al menos así las recuerdo yo), mi abuela y mi madre me llevaron con mis hermanos a ver la procesión. Había mucha gente.
-"No te sueltes de la mano, no te vayas a perder" me decía mi abuela.
Mi hermano Félix, de pocos meses, iba en el cochecito, muy tapadito y con la capota echada para que no se enfriara. Nicolás iba cogido de la otra mano de la abuela y Juan se agarraba a la mano de Nicolás.
Me impresionó en principio el redoble de tambores. Luego esos encapuchados en fila, con velones, que parecía que no acabarían nunca de pasar. Cuando acababan de pasar los que tenían la capa blanca, empezaban a pasar otros con capa morada, o negra. Algunos llevaban cadenas en los pies, otros iban descalzos y otros arrastraban grandes cruces...
Me daba tanto miedo que solté mi mano de la de mi abuela para taparme los ojos...
Cuando quise darme cuenta, ni mi madre, ni mi abuela, ni mis hermanos estaban allí... Los busqué entre el gentío, pero me dio miedo gritar mi angustia y ... lloré.
Una señora se encargó de preguntarme donde vivía y quién era mi papá. Como dije que era policía me llevó a la comisaría donde se encargaron de llevarme a casa.
El disgusto que tenían mi madre y mi abuela era monumental, pues me habían estado buscando y no me encontraban, por lo que decidieron ir a casa para ver si se me había ocurrido ir allí, a pesar de que suponían que solo no sabría ir.
Cuando las vi, me abracé a mi madre que me cogió en sus brazos y me llenó de besos y de reproches.
Ha sido la única vez que me he perdido a lo largo de mi vida.

viernes, 12 de enero de 2007

La plazuela


Así llamaban todos a la plaza de Santa Catalina. Creo que porque era pequeña y sigue siéndolo actualmente, aunque con otro nombre que desconozco.(¿Plaza del Dr. Benigno Lorenzo?)
Era entonces una plazuela con forma cuadrada, inclinada hacia la tapia del Seminario Diocesano, empedrada y con un árbol grande en el centro.
Por delante de nuestra casa d
iscurría una acera, en cuesta, hacia la tapia de ladrillo del seminario, por la que nos deslizábamos mis hermanos y yo con el "coche cacharro" (un coche de hojalata y madera, pintado de verde oscuro que habíamos heredado de nuestro primo Aurelio).
En la parte superior de la plazuela había dos puertas: en la primera de ellas (un portalón con zaguán grande) vivía en la planta baja la señora "Sole". Su marido era guardia civil y se llamaba Lorenzo. E
n la segunda, había un desnivel sobre la calle, que se inclinaba a bajar hacia ese lado, por eso esa puerta tenía un barandal (en redondo) que semejaba un púlpito. Allí vivía Don Ferreol ¿Hernández?), canónigo de la catedral. Entrando en la calle, no muy lejos, y enfrente vivía mi tío Fabriciano, primo carnal de mi madre que tenía tres hijos, ya mozos: "Fabri", Lucrecia (como su madre) y Amparín que ya tonteaba con un muchacho. El tío Fabriciano director de un banco. En la puerta más próxima a la plazuela y en una planta baja, estaba la escuela de Don Rufino (¿Martín?) y Don Emiliano (¿Bernabé?), cuyas ventanas daban a la plazuela.
Yo era muy charlatán y me hacía amigo de todos los vecinos y a todos iba a visitar. Ellos me trataban bien y de vez en cuando me daban una galleta o un caramelo a cambio de mi conversación.
La plazuela era entonces el centro de mi vida social donde se desarrollaban mis juegos y mi vida de relación con los demás.
Cosa curiosa, no recuerdo el nombre de ningún niño de los que jugaban conmigo en aquella época ¿solo jugaría con los amigos de mis hermanos?.
Eso sí: recuerdo las pedreas de castañas que hacíamos con los seminaristas, las incursiones que hacíamos hasta un coche viejo y abandonado que estaba junto al garaje de Gregorio y los "manteos" de Don Ferreol, con los que se envolvía aiorosamente. Los niños íbamos a besarle la mano.

jueves, 11 de enero de 2007

El bautizo




Siguieron el frío y la nieve.

Al cabo de un mes habían acordado mis padres, con mi tío Nicolás, a la sazón Párroco de San Juan, la iglesia donde siglos atrás se había bautizado Santa Teresa de Jesús, mi bautizo en la misma pila donde había sido bautizada la Santa.

Sería mi madrina la hermana de mi padre, mi tía Albina, que era el ama encargada de cuidar a mi tío el cura.

Llegado el día se encontró que la pila bautismal tenía la superficie del agua hecha hielo, por lo que hubo que calentar agua para descongelarla.

Creo que lloré bastante, según me contaba mi abuela.

Solo tuve madrina.

Terminado el bautizo todos los asistentes (mis hermanos Juan y Nicolás, mis padres, mi abuela, Rosa la vecina, mi madrina y mis tíos Nicolás y Baltasar) se trasladaron a la casa de mis padres (Plaza de Santa Catalina, nº 2, principal) donde degustaron al calor de la estufa del comedor (rodeada de una valla de madera para que no se quemasen los niños) un delicioso chocolate con picatostes (preparados por mi madre y mi abuela, la única abuela que conocí, ya que los padres de mi padre murieron en Fontiveros cuando mi padre tenía solo dos años, encargándose su tío, hermano de mi abuela paterna Anastasia, el cura, de su crianza y educación.

Plaza de Santa Catalina, nº 2.



16 de noviembre de 1934. Ávila.
Cae la nieve desde ayer, sin parar, abundante.
Ya hay casi un metro de espesor.
Es la madrugada.
Las contracciones son cada vez más frecuentes.
Imposible ir a buscar a Don Teodoro, el médico. No se puede andar por la calle.
Hay que preparar agua caliente y toallas porque el parto llega.
La abuela María-Cruz y Rosa, la modista, la vecina del piso bajo se afanan en prepararlo todo. Ya ha roto aguas, el parto es inminente.
A las seis de la mañana la abuela me ha recogido en sus brazos. Se oyen mis primeros bagidos. He llegado a este mundo.
Mi padre, que había ido a buscar a D. Teodoro, vuelve con él cuando hacía tiempo que todo había acabado. Me reconoció con detenimiento y reconoció también a mi madre. A pesar de la nieve y del frío, todo había ido muy bien. Tomó un café antes de que mi padre le acompañara de nuevo a su casa.

Había llegado al mundo en un día inhóspito y generando muchos problemas.

Eligieron mi nombre en el santoral del día: Pablo