
Desde muy pequeño tuve la facultad de hablar con "propiedad". Al menos eso decía Humbelina.
No levantaba una cuarta del suelo cuando daba conversación que satisfacía a las personas mayores.
No, no penséis que sería a las mujeres, que siempre han sido más "chiqueras", también a los hombres, a los que imitaba en los temas de sus conversaciones.
Quizás por eso me tuvieran un aprecio especial.
Que me enteraba de que Sabas, el carnicero, el padre de Asterio, estaba enfermo, allí estaba yo sin pérdida de tiempo para interesarme por su salud... ¡y apenas tenía cuatro años!
No faltaban mis visitas a Sabino, a Encarna o a Pepa, a los que contaba mis ocurrencias, les alegraba y les arrancaba más de una sonrisa.
Ellos muchas veces me daban noticias de quién había tenido una chota, un borriquillo o una camada de cerditos y yo acudía a las casas donde habían tenido lugar tan buenos sucesos.

Como niño, me encaprichaba de todos los animalillos y como veía que solían venderlos a tratantes de ganado o a otras personas del pueblo, decidí ahorrar las perrillas que me daban algunos mayores para "pirulís" y comprar la chota a Juanito "Parranca", el carnicero de la plaza de la iglesia.
Juanito "Parranca" era una persona peculiar para mí, pues no hablaba como el resto de las gentes que yo conocía.
No, no era extranjero, es que para hablar sacaba un tubo de goma que llevaba en un bolsillo y, metiendo un extremo en la boca y otro en un agujero que había en una placa metálica que llevaba en la garganta, emitía una voz gangosa y débil.
Yo acudía a visitarlo cuando estaba en la huerta y le daba conversación y le preguntaba mil cosas.
Él me contaba alguna que otra historia que trataba de maravillarme.
Aquella tarde después de contarme por qué tenía que hablar con la goma y explicarme que le habían quitado un "bicho muy grande" que tenía en la garganta y que trataba de ahogarlo, me dijo:
-Esta mañana ha parido la "Leandra", mi burra, y tengo un "buche" muy guapo. ¿Quieres verlo?

Me faltó tiempo para decirle que sí y marcharme con él al corral a conocer al retoño.
Me gustó tanto y lo vi tan bonito que pregunté:
-¿Qué vas a hacer con él?
-Pues venderlo cuando crezca un poco.
-Pues yo te lo compro (le dije). Tengo una peseta, así que si quieres cerramos el trato.
-Bueno, ya me lo pensaré, porque me parece poco -me dijo con sorna- Dentro de unos días hablaremos...
Yo regresé muy contento a casa de la Teódula y, de camino, pasé por la posada a contar a Sabino el trato que tenía medio hecho con Juanito "Parranca".
Sabino rió la ocurrencia con los clientes de la posada y, así, todo el pueblo se enteró de mi trato por lo que muchos mayores me llamaron, cariñosamente, el "tratante"
A los pocos días tío Jeremías me enseñó en la cuadra de su casa una chotilla negra que había tenido la "Morucha" y como sabía lo de mi trato con "Parranca", me dijo:

-Mira, Pablito, como ésta no va a haber otra en el pueblo en mucho tiempo. Yo no se si te gusta, pero si la quieres te la vendo.
Yo encantado le ofrecí mi peseta y quedamos en que cerraríamos el trato cuando la chota dejara de mamar.
Aquel verano, mi peseta se vio ofrecida en tantos tratos como animalillos iban naciendo en el pueblo y mi fama como tratante fue creciendo a medida que pasaban los días.
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